Cuatro días después de salir de la cárcel, mi padre apareció en la puerta con un perro para mi hijo Álex. Lo habíamos acogido en casa porque la otra opción era dejarlo dormir en la calle. Yo mismo lo esperé a la salida del centro penitenciario el día que lo dejaron libre. Antes de atravesar las rejas, se abrazó al funcionario que le custodiaba como quien se va a separar de un amigo íntimo. Se despidieron entre bromas, deseándose mutuamente buena suerte y bajo la trillada promesa de no volverse a encontrar. A medio camino se volvió y agitó su mano en el aire. El funcionario le devolvió el gesto con ademanes de que se largara ya y cerró el portón de la cárcel con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa.
De cerca, mi padre era una persona amable y extrovertida, bastante aparente aún a pesar de su edad. Si hubiese querido, podría haber sido un buen maître o un relaciones públicas de un hotel de postín, pero la realidad era que, hacía treinta y tantos años, había dejado morir de hambre a mi hermanastro de cuatro añitos y a otro niño en aquel cortijo. Eso sin contar las chicas que desaparecieron antes.
—No, hombre, no —dijo el secretario. En los ojillos fijos de Antonio «el Galgo» no se apagaban del todo los rescoldos de su recelo—. ¿De dónde te has sacado eso?
El secretario era un tipo que no iba a ver otra vez los cincuenta. Con una tripa reventona y cara de perro pachón que no conseguía enmendar ni con un bigotillo recortado. Resopló mirando al suelo ante la perspectiva de tener que explicarle todo otra vez a ese hombre refractario como un ladrillo. Pero ahora ya sería sin esa sonrisilla que le delataba como padre de la estrategia.
No llegó a despegar los labios y una mano delicada, como de señorita Pepis, se posó a traición en el hombro del guardés y le pasó el brazo por encima.
—¿Por qué estás tan serio? ¡Ni te vas a enterar de que estamos allí! —Un tipo greñudo le sonreía a dos palmos de cara. La suavidad de esa mano calaba pastosa a través de la camisa y le incendiaba espaldas arriba—. Luis es muy buena gente.
—Ya era hora. —El reproche del secretario evitó que el guardés se lo quitara de encima de un manotazo.
Antonio «el Galgo» relajó los brazos ante la posibilidad de que el jipi fuera uno de los señoritos, y todo ese asco por la mano encima se tuvo que guarecer muy debajo de su camisa. Pegado a las tripas.
Podía haberle dicho que esperaban a alguien. A los padres no hubiese tenido problema en distinguirlos, ahora todos le parecían iguales.
—El abuelo no me ha dejado hablar con mi hijo —subió los hombros para indicar que eso le exculpaba, sin dejar claro si se refería al hecho de llegar tarde o a no ver al niño.
—Este es Rafael —dijo el secretario a la vez que el jipi le quitaba el brazo a Antonio para indicarle al camarero que le pusiera una cerveza—. Es amigo del señorito Luis. Es del pueblo.
—De Marchena, en verdad. No de aquí. En este pueblo, el que no está loco dice que ve a la Virgen —se rio y, buscando el enjuague del chiste, palmeó el brazo de Antonio.
El secretario, o no estaba al tanto de la fama que estaban adquiriendo las apariciones marianas en el jardín de la Encarni y de la cantidad de gente que venía en peregrinación o es que le daba igual. De Antonio «el Galgo» nadie que le conociese podría esperar que moviera un músculo de la cara. Así que la gracieta se disolvió con el aleteo de un par de moscas que se posaron sobre el periódico que el secretario había dejado sobre la barra.
—A ver, Antonio, ¿tú me has escuchado lo que te he dicho antes? —retomó el secretario—. ¿De dónde te has sacado que vamos a echarte del cortijo? Si no tendrás quejas. Cuando lo de tu mujer o lo de tu hijo, estábamos ahí, ¿no? No hace ni un año que te pusimos la luz a ti y a tu hija. ¿Y la alberca qué tiene? ¿Dos? ¿Tres años?
Los tres hacían un grupo peculiar. Un retaco de tocino enchaquetado, un jipi melenudo en chancletas y el capataz del cortijo con la cara todavía estucada del polverío del olivar. Allí todos los parroquianos sabían que del pueblo solo era el guardés. El viudo al que le llamaban «el Galgo».
—Con lo poco que ha llovido este año, si lleno la alberca se vacía el pozo.
El silbidito que Rafael soltó por el tonito de la respuesta y esa falta absoluta de agradecimiento empezaron a chirriarle por dentro al secretario para quien el capataz del cortijo siempre había sido un gañán seco y desabrido. Alguien que prefiere pegarte un escopetazo antes que sentarse a negociar contigo. Entonces reparó en un par de noticias del ABC despatarrado sobre la barra. Al lado de una breve referencia a la investigación, aún sin resultado alguno, del asesinato de los Galindos se anunciaba en el interior una entrevista a Santiago Carrillo. No se acostumbraba a que las radios o las televisiones les dieran cuartelillo a esos tipejos del Partido Comunista después de tantos años sin ellos.
Entonces sintió como un calambrazo al darse cuenta de que todo podía irse al garete.
—¿No te estarás volviendo comunista? —Esa posibilidad no la había tenido en cuenta y estaban chillándole todas las alertas. Algo más peligroso incluso que tener a una loca implorando a la Virgen a las puertas del cortijo.
—¿Y qué más te da a ti? —Rafael salió al quite y le guiñó un ojo al «Galgo» con complicidad—. Si yo fuera comunista, entonces ¿qué?, ¿ya no íbamos al cortijo? No te lo crees ni tú.
La risita burlona de Rafael arrejuntada a la expresión rocosa de Antonio hizo que su plan ya no le pareciera tan buena idea. Pero ya lo había vendido. Hasta la marquesa había dado su visto bueno. Ya no cabía recular.
—El marqués se va a presentar a las elecciones —lo repitió, en voz baja y calmada, con la esperanza de que oyéndolo decir en alto su plan no pareciera un polvorín—. Y no interesa que la prensa esté detrás del señorito, así que se va a ir al cortijo unos días. El padre le ha dicho que se lleve unos amigos y que se queden allí tranquilos. Lejos de los periodistas —recalcó para sí mismo.
—Y un comunista puede ir con el chismorreo a cualquier periódico —Rafael inclinó suavemente la cabeza para indicarle a Antonio por donde iban las cavilaciones del secretario— y joderle las elecciones al marqués.
—En mi casa no se habla de política —soltó el guardés después de un silencio apretado. Lo que era estrictamente cierto.
En la casa de Antonio «el Galgo» no se habló nunca. Ni cuando su mujer y su hijo estaban vivos, así que ahora que solo le quedaba la hija, las paredes daban un respingo cuando escuchaban una palabra.
—Eso está muy bien. Así que si se te ocurre decirle a alguien dónde está el señorito Luis, acabas en la puta calle. Esta vez de verdad —aquí no hubo silbidito de nadie—. Termínate el café y vete a trabajar. Y a ti ya te vale.
Con un manotazo dejó un billete en la barra, se colocó el ABC bajo el brazo y salió del bar barruntando las mil y una cosas que podían mandar su plan al traste.
En ninguna de ellas imaginó un par de niños muertos envueltos en alambres y a Rafael y al señorito Luis esposados en un coche de la Guardia Civil.
—¡Qué tirria le tengo al hijo de puta este! —Rafael apuró lo que le quedaba de cerveza y pidió otra—. Nos va a encerrar allí como a perros todo porque al niño del marqués le gusta mucho el cachondeo.
Antonio «el Galgo» le miraba sin entender por qué los señoritos ahora tenían esa facha.
—Yo no tengo donde caerme muerto —confesó el jipi como adivinando las preocupaciones del guardés—. Luis me paga las juergas porque le hago de alcahueta. Lo tengo clarísimo. Como no vaya hasta las trancas no tiene huevos para dirigirle la palabra a una mujer. Hasta el día que se harte de mí o yo de él.
En ese preciso momento en que Rafael insultaba al señorito Luis, la Encarni, en el jardín de su casa, tenía la primera de las visiones en las que un querubín se le anunciaba, y la hija de Antonio «el Galgo» preparaba las lentejas que, al quemarse, liberarían el bofetón que su padre guareció bajo la camisa.
—Pero tú no te preocupes, Antonio. —Bajo el gesto pedregoso al guardés le extrañó que supiera su nombre—. ¿Qué serán? Tres o cuatro días por noviembre o por ahí. Unos días de paz en el campo. Nos vendrá hasta bien. Yo me encargo de hablar con este hijo de puta. Al secretario no vas a tener ni que verlo.
Lo que dejaba claro que, a pesar de todo, de su pelo y su pinta de guarro, iba a ser quien rindiera cuentas de lo que pasase en su cortijo. Eso encendió por dentro aún más a Antonio, hasta el punto de que levantó levemente una ceja, lo que no pasó inadvertido para Rafael.
—¿A ver si vas a ser comunista y no lo sabes?
Antonio «el Galgo» miró como Rafael se reía de su propia broma sin bajar la ceja. Con el asco hincándosele debajo de la camisa.

Nació en Puerto Real (Cádiz), cosecha del 72. Licenciado en Física en provincias y envejecido durante más de veinte años en centros de datos bancarios de la capital. Evoca matices de una infancia tímida y desapacible, llegando a alcanzar un gran pudor para hablar de sus adentros con un retrogusto correoso en las preguntas directas.
Coautor de tres hijos y de una hipoteca adolescente, antes de «La calor» perpetró la novela «El viejo vestido de novia» (2.018) y ha publicado un ensayo sobre el mensaje que se está dando sobre inteligencia artificial (2.206).
Se aconseja conservar cerca de la costa y lejos de aglomeraciones.
Contiene fobias.